Estados Unidos en conflicto

Donald Trump y el Destino Manifiesto – El polo providencial

I. La hegemonía perdida

Tras la Segunda Guerra Mundial, el nacimiento de la ONU y el entramado de instituciones internacionales —FMI, Banco Mundial, OTAN— marcaron el inicio de un orden regido por principios de Derecho Internacional y por la promesa de paz institucionalizada. Sin embargo, detrás de esa arquitectura multilateral, Estados Unidos ejercía un control decisivo: su poder económico, militar y diplomático lo convirtió en el verdadero arquitecto del sistema, capaz de imponer su narrativa como norma universal.

Durante la Guerra Fría, esa hegemonía fue disputada por la URSS, que ofrecía un modelo alternativo y organizaba su propio bloque de influencia. El mundo se estructuró en torno a la bipolaridad, con guerras proxy y competencia ideológica que tensionaban la interpretación misma del Derecho Internacional. La caída de la URSS en 1991 inauguró la era de la unipolaridad. Bajo la narrativa del “fin de la historia”, la democracia liberal y el libre mercado se presentaron como destino inevitable. Washington extendió su influencia sin contrapeso, interviniendo en conflictos regionales y expandiendo la globalización como herramienta de hegemonía.

Pero la globalización, pensada como extensión del poder estadounidense, terminó siendo el trampolín para el ascenso de nuevos actores. China se convirtió en potencia manufacturera y tecnológica; Rusia reconstruyó capacidad militar y energética; Europa comenzó a debatir su autonomía estratégica. Lo que se concibió como consolidación de hegemonía se transformó en el inicio de su erosión. Hoy, la multipolaridad reconocida incluso en documentos oficiales de Washington confirma que aquella hegemonía se ha perdido. Estados Unidos ya no dicta unilateralmente las reglas del juego, enfrenta polos que disputan su liderazgo y regiones que reclaman voz propia.

II. La nación ejemplar y su mito providencial

La independencia de Estados Unidos y la Revolución Francesa se convirtieron en los dos grandes mitos que sustentan la mentalidad política occidental. Ambos proclamaron principios universales —libertad, igualdad, derechos individuales— que marcaron un antes y un después en la historia moderna. En ese marco, Estados Unidos se concibió como nación ejemplar, portadora de una democracia liberal que debía irradiarse al mundo. La célebre frase de la Declaración de Independencia, “Sostenemos como verdades evidentes que todos los hombres nacen iguales”, se convirtió en símbolo de esa excepcionalidad.

Sin embargo, esa narrativa nunca se cumplió plenamente. La esclavitud persistió hasta 1865, el racismo estructural continuó vigente hasta bien entrado el siglo XX, y el exterminio de los pueblos originarios acompañó la expansión hacia el Oeste. El mito de igualdad universal se sostenía sobre exclusiones radicales. La negación del voto femenino hasta 1920, la represión de movimientos obreros y la persecución ideológica durante el macartismo refuerzan la paradoja: Estados Unidos nunca fue “profundamente democrático”, sino que construyó un relato providencial que legitimaba su hegemonía.

Ese mito se transformó en doctrina política. El Destino Manifiesto, formulado en 1845 por John L. O’Sullivan, proclamaba que la expansión territorial era inevitable y justa, casi un mandato divino. La anexión de Texas, la guerra con México y la colonización del Oeste se justificaron como cumplimiento de ese destino. La Doctrina Monroe, enunciada en 1823, estableció la exclusividad hemisférica; el continente debía permanecer libre de injerencias europeas, bajo la tutela de Washington. Ambas narrativas se entrelazaron; la providencia se convirtió en hegemonía, y la ejemplaridad en imperialismo.

III. La involución de la democracia liberal estadounidense

La democracia liberal estadounidense nació bajo el mito de ser heredera de la deliberación griega y de los principios ilustrados europeos. Sin embargo, lo que en su origen fue res[i] publica se degradó en un mercado político privatizado. El ciudadano dejó de ser protagonista de la deliberación y pasó a ser cliente de mercancías políticas empaquetadas como promesas de seguridad, progreso o identidad. El voto individual sustituyó a la deliberación comunitaria, y la democracia se convirtió en espectáculo y transacción.

Tras la Segunda Guerra Mundial, los presidentes se presentaban como arquitectos del orden liberal. Pero con el paso de las décadas, la figura presidencial se degradó. Nixon simbolizó la crisis de legitimidad con el Watergate; Reagan convirtió la política en performance mediática; Clinton subordinó la política al mercado y al escándalo personal; Bush hijo llevó la democracia liberal a su contradicción máxima con la invasión de Irak bajo falsos pretextos; Obama encarnó la esperanza de renovación, pero terminó atrapado en la retórica y su presidencia simbolizó la contradicción entre discurso transformador y práctica continuista. El sistema político, rígido desde el siglo XVIII, no evolucionó sustancialmente, mientras la realidad social cambiaba.

La conciencia social, en cambio, sí evolucionó. Movimientos por los derechos civiles, el feminismo, las luchas por la igualdad racial y las demandas de minorías sexuales transformaron el imaginario político. A la par, la migración modificó el balance interno con millones de latinoamericanos, asiáticos y africanos que reconfiguraron el mapa demográfico y político, cuestionando la narrativa de nación homogénea. Mientras la sociedad avanzaba hacia inclusión y pluralidad, las instituciones permanecían inmóviles. La democracia liberal se reveló como involutiva, al ser incapaz de evolucionar al ritmo de su sociedad.

En este contexto emerge el fenómeno Donald Trump. Su liderazgo populista y confrontativo capitaliza el desencanto con las élites, la nostalgia de grandeza y el temor frente a la diversidad. “Make America Great Again” (MAGA) no es un proyecto de futuro, sino una consigna de restauración imperial, un eslogan anclado en el mito de un pasado glorioso. De este modo, Trump encarna y reactiva el mito providencial en clave agresiva: exclusividad hemisférica bajo la Doctrina Monroe, pulsión expansionista bajo el Destino Manifiesto, y un discurso nacionalista que convierte la migración en amenaza. Trump, sin embargo, no es una anomalía, sino un síntoma y un catalizador del sistema y su involución. Trump encarna la ironía de la democracia liberal, dentro de un sistema que se proclama universal pero que se ha degradado y convertido en espectáculo, exclusión y coerción.

IV. La reactivación doctrinaria en la era Trump

Trump desempolvó la Doctrina Monroe como mandato de exclusividad hemisférica. Las sanciones contra Venezuela, el chantaje arancelario a México y la presión sobre Colombia se inscriben en esta lógica. No habla de cooperación, sino de aseguramiento y de obediencia. El hemisferio se concibe como esfera propia, donde la autonomía queda subordinada a la seguridad estadounidense.

La narrativa del Destino Manifiesto reaparece en gestos como la propuesta de comprar Groenlandia o la idea de conquistar Marte como extensión natural de la misión estadounidense. Lo que parece extravagancia personal es continuidad doctrinaria, es la convicción de que el territorio útil debe estar disponible para la nación providencial.

La paradoja es más que evidente. En nombre de la libertad y la democracia, Estados Unidos ha restringido la autonomía de otros pueblos. Predica derechos universales, pero practica hegemonía disciplinaria. El paralelo con el Lebensraum hitleriano es incómodo pero revelador. Aunque en distintos contextos, vemos la misma lógica de expansión como obligación vital.

El estilo confrontativo de Trump y su narrativa providencial revelan la crisis de la hegemonía estadounidense. Al ser incapaz de sostener consensos, EEUU recurre a doctrinas del siglo XIX para justificar su lugar en el siglo XXI. La NSS 2025 confirma este giro: América Latina asegurada, Europa disciplinada, Asia confrontada, África disputada. La reactivación doctrinaria bajo Trump es un gesto desesperado por recuperar la hegemonía inexorablemente perdida.

V. ¿Qué podemos esperar?

La democracia liberal estadounidense atraviesa una fase de involución marcada por polarización, rigidez institucional y creciente desconfianza ciudadana. El liderazgo de Trump ha intensificado estas tensiones, pero también ha generado rechazo popular: protestas contra sus políticas migratorias, críticas a las sanciones sobre Venezuela y cuestionamientos a su estilo confrontativo. La sociedad estadounidense, más diversa y consciente que nunca, se moviliza en defensa de derechos civiles, igualdad racial y pluralidad cultural. En este contexto, el Congreso emerge como contrapeso potencial, es posible que se discutan limitaciones al poder presidencial, especialmente en relación con las acciones en Venezuela y otras intervenciones hemisféricas. La tensión entre Ejecutivo y Legislativo puede convertirse en un campo de batalla institucional donde se juegue la legitimidad del sistema y su credibilidad como verdadera democracia. La nostalgia imperial de Trump se acompaña de una pulsión de permanencia, un esfuerzo por extender su mandato más allá de lo previsto, que convierte la democracia estadounidense en escenario de disputa sobre la continuidad misma del poder.

En el plano internacional, Trump proyecta la reactivación doctrinaria con gestos de poder visibles: sanciones económicas, amenazas arancelarias, propuestas de compra territorial y retórica de exclusividad hemisférica. Estos gestos, sin embargo, se despliegan en un mundo multipolar donde Estados Unidos ya no dicta unilateralmente las reglas. La agresión a Venezuela, la presión sobre México y Colombia, o el episodio con Dinamarca revelan la continuidad de una lógica expansionista, pero también la resistencia de otros actores y la peligrosa posibilidad de colisión directa con polos emergentes. El rechazo internacional y la fragmentación interna convierten cada gesto en un recordatorio de la hegemonía perdida: Estados Unidos actúa como potencia providencial, pero el mundo ya no se ordena bajo su mando. Irónicamente, cada gesto de poder de Trump fortalece y legitima la existencia de los polos geopolíticos adversos.

En síntesis, lo que podemos esperar de Estados Unidos es un escenario de tensiones múltiples: a lo interno, una sociedad movilizada y un Congreso que podría limitar el poder presidencial; a lo externo, gestos de expansión que chocan con un orden multipolar en consolidación. Trump encarna la nostalgia imperial, pero sus acciones revelan más la crisis de la hegemonía perdida que su potencial restauración. Cada gesto de poder estadounidense es hoy un acto de legitimación de sus adversarios.

El futuro inmediato será de confrontación y resistencia, tanto dentro como fuera de Estados Unidos.

[i] Del latín res: cosa

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