I. Introducción
“El último capitalista que colguemos será aquel que nos vendió la cuerda“. Esta frase, atribuida a Karl Marx, aunque no aparece literalmente en sus obras principales, ha sido utilizada como metáfora de la autodestrucción inherente al capitalismo[i]. En este artículo, analizamos como la soga de que habla la metáfora es el control del mercado global. Estados Unidos, al promover la globalización, vendió la soga y cedió progresivamente el instrumento de su hegemonía a China.
La frase de supuesta autoría marxista sintetiza la lógica contradictoria del capitalismo: en su afán de lucro, el capitalista puede entregar al adversario los medios de su propia destrucción. En el caso de Estados Unidos, la globalización fue concebida como un mecanismo para consolidar su supremacía tras la Guerra Fría. Sin embargo, esa apertura terminó transfiriendo poder económico y tecnológico a China. La paradoja es clara: el mercado global, diseñado como instrumento de hegemonía estadounidense, se convirtió en el arma de su principal rival ideológico.
II. China como heredera ideológica de la URSS
El ascenso económico de China no puede comprenderse sin atender a su dimensión ideológica. Tras la Revolución de 1949, el Partido Comunista Chino adoptó el marxismo-leninismo como doctrina oficial, en estrecha relación con la Unión Soviética. Durante las primeras décadas, la URSS fue modelo y mentor: asesoró en la planificación centralizada, transfirió tecnología y apoyó la construcción de industrias pesadas. Sin embargo, las tensiones ideológicas y culturales pronto marcaron diferencias. La ruptura sino-soviética de los años sesenta[ii] reveló que China no estaba dispuesta a ser un mero satélite, sino que reinterpretaba el legado socialista desde su propia tradición.
A diferencia de la URSS, que enfatizaba la ortodoxia marxista-leninista y la centralización absoluta, China introdujo matices vinculados a su historia milenaria y a la centralidad del Estado en la cultura política. El maoísmo, con su énfasis en la movilización campesina y la revolución cultural, fue una adaptación local del socialismo. Más tarde, con Deng Xiaoping, se produjo una síntesis inédita: mantener el monopolio político del Partido Comunista mientras se abría la economía al mercado. Esta fórmula —“socialismo con características chinas”— convirtió a China en heredera ideológica de la URSS, pero también en innovadora de un modelo híbrido que combinaba planificación estatal, pragmatismo económico y continuidad cultural.
En este sentido, China heredó de la URSS la convicción de que el Estado debía dirigir el desarrollo y controlar los sectores estratégicos. Pero lo hizo con un pragmatismo que la URSS nunca alcanzó: aceptó la inversión extranjera, permitió la iniciativa privada en ciertas áreas y utilizó el mercado como herramienta de fortalecimiento nacional. La tradición confuciana de jerarquía y armonía social se entrelazó con el marxismo-leninismo, generando un modelo singular que explica por qué China pudo aprovechar la globalización sin perder el control político. Así, más que una copia de la URSS, China se convirtió en su heredera crítica, capaz de resignificar el socialismo en clave nacional y cultural.
III. De la herencia soviética al capitalismo de Estado: las reformas de Deng Xiaoping
La trayectoria china muestra cómo un país que se proclamaba heredero del marxismo-leninismo terminó consolidando un modelo híbrido que combina planificación política con apertura económica. Tras la ruptura con la URSS en los años sesenta, el Partido Comunista Chino mantuvo el monopolio ideológico, pero introdujo un pragmatismo que la Unión Soviética nunca alcanzó. Con Deng Xiaoping, la fórmula se redefinió: “no importa de qué color sea el gato, lo importante es que cace ratones”. Esa máxima sintetiza la transición hacia un sistema donde el mercado se convierte en herramienta del Estado, y no en su sustituto.
En diciembre de 1978, Deng Xiaoping lanzó el programa de “Reforma y Apertura” (gaige kaifang), que transformó a China de una economía cerrada y centralizada en un sistema híbrido de “socialismo con características chinas”[iii]. Se crearon las primeras Zonas Económicas Especiales, como Shenzhen y Zhuhai, destinadas a atraer inversión extranjera[iv]. Entre 1978 y 2000, el PIB chino creció a tasas superiores al 9% anual[v]. La inversión extranjera directa pasó de apenas 57 millones de dólares en 1980 a más de 40.000 millones en 2000. Empresas estadounidenses comenzaron a instalar fábricas en territorio chino, atraídas por costos laborales bajos y un mercado potencial de cientos de millones de consumidores.
El llamado “socialismo con características chinas” se tradujo en la creación de un capitalismo de Estado: un modelo en el que las empresas privadas y extranjeras operan bajo la tutela del Partido, mientras los sectores estratégicos —energía, telecomunicaciones, infraestructura, defensa— permanecen bajo control estatal. La inversión extranjera fue bienvenida, pero siempre subordinada a los objetivos nacionales. El Estado chino no renunció a dirigir el desarrollo, sino que utilizó el mercado como instrumento para fortalecer su poder.
Este capitalismo de Estado se consolidó en tres dimensiones. Primero, en la propiedad mixta, donde empresas estatales conviven con capital privado, pero las decisiones estratégicas siguen emanando del Partido. Segundo, en la planificación a largo plazo, con planes quinquenales que orientan la inversión hacia sectores prioritarios como tecnología, energía renovable o inteligencia artificial. Y tercero, en la acumulación de reservas y control financiero, que permite al Estado intervenir en la economía global sin perder autonomía.
En este sentido, China se diferencia tanto de la ortodoxia soviética como del liberalismo estadounidense. Mientras la URSS se aferró a la centralización absoluta y Estados Unidos confió en el libre mercado, China construyó un modelo intermedio: un capitalismo de Estado que combina disciplina política, pragmatismo económico y continuidad cultural. Esa fórmula explica por qué pudo aprovechar la globalización sin perder el control político, y por qué hoy disputa la hegemonía mundial desde una posición de fuerza.
IV. La apuesta estadounidense en los años noventa
Tras el colapso soviético, Washington promovió la liberalización global bajo el llamado “Consenso de Washington”[vi]. La administración Clinton defendió la idea de que el comercio llevaría a la democratización de China, subestimando la capacidad del Estado chino para controlar el proceso[vii]. En 1999, el comercio bilateral alcanzaba ya 95.000 millones de dólares, con un déficit creciente para Estados Unidos[viii]. La apuesta era clara: integrar a China bajo las reglas del mercado global diseñado por Occidente. En palabras de Clinton, “al abrir el comercio con China, estamos exportando libertad”[ix]. La realidad demostraría lo contrario.
El error de cálculo estadounidense fue doble. Por un lado, se asumió que la victoria en la Guerra Fría había consolidado un orden mundial unipolar, en el que la apertura de mercados equivalía a expansión de valores liberales. Por otro, se creyó que la incorporación de China al sistema global la transformaría en un socio dependiente, incapaz de disputar el control del mercado. Sin embargo, mientras Washington celebraba su hegemonía, Pekín utilizaba la apertura para fortalecer su modelo de capitalismo de Estado.
Las primeras empresas chinas que se beneficiaron del proceso ilustran esta paradoja. Sinopec y PetroChina, en el sector energético, crecieron con apoyo estatal y acceso a capital extranjero. China Telecom y China Mobile se expandieron en telecomunicaciones, aprovechando la liberalización para modernizarse sin perder control político. Incluso compañías como Lenovo, fundada en 1984, comenzaron a proyectarse internacionalmente en los noventa, apoyadas por políticas de transferencia tecnológica. Estas empresas no se convirtieron en simples extensiones del mercado occidental, sino en instrumentos del Estado para acumular poder económico y estratégico.
Así, mientras Estados Unidos pensaba que había ganado la Guerra Fría y que la globalización consolidaría su supremacía, China utilizaba esa misma globalización para construir un aparato económico propio. El mercado global, lejos de ser un espacio neutral bajo el control norteamericano, se convirtió en el terreno donde el capitalismo de Estado chino se fortaleció. La soga que Washington había vendido —el control del mercado— empezaba a tensarse en manos de su futuro rival.
V. Cronología del conflicto
La consolidación del capitalismo de Estado en China durante las reformas de Deng Xiaoping y la expansión de las primeras empresas nacionales coincidió con el error de cálculo estadounidense en los años noventa: creer que la globalización era una extensión automática de su victoria en la Guerra Fría. A partir de allí, los hitos que marcaron la relación entre ambos países muestran cómo la estructura del mercado global, diseñada por Washington, pasó progresivamente a manos de Pekín. La siguiente cronología sintetiza los momentos clave de esa transformación.
V.1. 2001: China entra a la OMC
El ingreso de China a la Organización Mundial del Comercio (OMC) en diciembre de 2001 fue un hito decisivo[x]. En 2000, China representaba apenas el 3,5% del comercio mundial; en 2015, ya alcanzaba el 11%, superando a Estados Unidos[xi]. El comercio exterior pasó a representar el 40% del PIB chino, consolidando su modelo exportador. Empresas estadounidenses trasladaron masivamente producción: textiles, juguetes, electrónicos y luego componentes tecnológicos.
V.2. 2000–2010: el auge del monstruo
Entre 2001 y 2010, las exportaciones chinas crecieron de 266.000 millones a 1,58 billones de dólares[xii]. En 2008, China superó a Alemania como mayor exportador mundial. El superávit comercial con Estados Unidos se disparó: en 2005 alcanzó 202.000 millones de dólares, y en 2010 ya superaba los 273.000 millones[xiii]. China acumuló más de 3 billones de dólares en reservas internacionales[xiv], financiando incluso parte de la deuda estadounidense[xv]. El monstruo económico había nacido, y lo había hecho gracias a la apertura promovida por Washington.
V.3. El “China shock” en Estados Unidos
El impacto en el empleo industrial estadounidense fue devastador. Entre 1990 y 2007, la competencia de importaciones chinas explicó una cuarta parte de la caída del empleo manufacturero en Estados Unidos[xvi]. El estudio de Autor, Dorn y Hanson (2013) documentó que las regiones más expuestas a importaciones chinas sufrieron mayor desempleo, caída de salarios y deterioro social[xvii]. La promesa de que la globalización beneficiaría a todos se convirtió en una crisis social y política interna, alimentando resentimiento y polarización. El “China shock” se convirtió en un concepto central para explicar el auge del populismo en Estados Unidos.
V.4. 2010–2020: la disputa abierta
En 2012, China superó a Estados Unidos como mayor potencia comercial mundial[xviii]. El déficit comercial estadounidense con China alcanzó casi 300.000 millones de dólares en 2023[xix]. Bajo la administración Trump, Estados Unidos inició una guerra comercial: aranceles, restricciones tecnológicas, sanciones a Huawei[xx]. Biden continuó con políticas de “desacoplamiento” en sectores estratégicos como semiconductores e inteligencia artificial[xxi]. La paradoja se hizo evidente: el mercado global, instrumento de hegemonía estadounidense, se convirtió en el arma de China para disputar esa hegemonía..
VI. Reflexiones teóricas: hegemonía y contradicción en el punto de no retorno
La metáfora marxista se cumple: el capital estadounidense, en su afán de maximizar beneficios, vendió a China el control del mercado global. La transferencia de producción y tecnología fortaleció a China, que supo aprovechar la apertura para consolidar un modelo híbrido de planificación y mercado. Lejos de liberalizarse, el Estado chino utilizó la globalización como instrumento de poder, subordinando el capital extranjero a sus objetivos nacionales y reforzando su capitalismo de Estado.
Giovanni Arrighi ya había advertido en Adam Smith en Pekín (2007) que el ascenso chino representaba un cambio de hegemonía mundial[xxii]. Immanuel Wallerstein, desde la teoría del sistema-mundo, señaló que la globalización redistribuye poder en ciclos históricos[xxiii]. En esa lógica, el desplazamiento de Estados Unidos por China no es un accidente, sino parte de un ciclo de reconfiguración estructural. Hoy, Estados Unidos enfrenta un rival que domina sectores estratégicos y controla cadenas de suministro globales, desde la producción de semiconductores hasta la transición energética.
La pregunta que surge es si esta situación es reversible. Todo indica que no. La interdependencia económica, la magnitud del mercado chino y la acumulación de reservas hacen imposible volver atrás sin desmantelar décadas de integración global. Las sanciones y aranceles pueden ralentizar el proceso, pero no revertirlo. Por eso, algunos discursos en Estados Unidos han llegado a plantear que la única forma de vencer a China sería mediante la guerra directa. Sin embargo, esa opción, más que una estrategia, es un síntoma de desesperación: un conflicto abierto sería catastrófico para ambos, dada la interconexión de sus economías y el riesgo de escalada nuclear.
Lo que sí se observa es una guerra híbrida ya en curso[xxiv]: tecnológica, con restricciones a semiconductores e inteligencia artificial; financiera, con intentos de limitar el acceso de China a capital y mercados occidentales; y geopolítica, mediante alianzas regionales para contener su influencia. Pero ninguna de estas tácticas elimina el hecho central: la hegemonía estadounidense se ha visto erosionada, y el ascenso chino es estructural. El mercado global ya está en manos de Pekín, y lo que queda por delante no es la reversión, sino la gestión de una disputa prolongada por el poder mundial.
Frente a este panorama, algunos analistas occidentales han planteado alternativas menos fatalistas que la guerra o el desacoplamiento absoluto. Se habla de coexistencia competitiva, donde Estados Unidos y China mantienen rivalidad estratégica pero evitan la ruptura total de cadenas de suministro; de multipolaridad regulada, con instituciones internacionales que amortigüen el choque hegemónico; o incluso de regionalización pragmática, en la que bloques como la Unión Europea o América Latina diversifican vínculos para no quedar atrapados en la dicotomía Washington-Pekín. Sin embargo, todas estas propuestas parten de un reconocimiento implícito: el ascenso chino es irreversible. No buscan revertirlo, sino administrar el no retorno mediante fórmulas de gestión compartida del poder global.
VII. Y, a todo esto, ¿qué piensa China?
Hasta ahora hemos analizado la paradoja desde la perspectiva estadounidense y teorías occidentales. Pero China también ha elaborado sus propias narrativas para explicar su papel en la globalización y la disputa hegemónica. Estas reflexiones muestran que Pekín no se concibe como un mero receptor pasivo, sino como un actor que redefine las reglas del juego mundial.
- Xi Jinping y la “comunidad de destino compartido”
En el 18º Congreso del Partido Comunista (2012), Xi Jinping presentó la idea de una “comunidad de destino compartido para la humanidad” (renlei mingyun gongtongti), reiterada en la ONU en 2015[xxv]. Según Xi, este concepto busca trascender diferencias y construir un orden internacional basado en cooperación y beneficios mutuos. En la narrativa oficial, China no pretende sustituir a Estados Unidos, sino liderar un nuevo paradigma multipolar.
- Wang Hui y la modernidad alternativa
El intelectual Wang Hui[xxvi], representante de la Nueva Izquierda china, sostiene que el país ofrece una modernidad alternativa frente al capitalismo occidental. En su ensayo El pensamiento chino contemporáneo y la cuestión de la modernidad (1997), critica la idea de que la historia mundial deba leerse únicamente desde la perspectiva europea y propone rescatar tradiciones comunitarias como base para un modelo distinto.
- Zhao Tingyang y el Tianxia
El filósofo Zhao Tingyang ha recuperado el concepto clásico de Tianxia (“todo bajo el cielo”), proponiéndolo como marco de gobernanza global. En su obra Tianxia: una filosofía para la gobernanza global (2021)[xxvii], plantea superar la lógica del Estado-nación, que genera conflictos, y reemplazarla por una comunidad inclusiva donde la armonía y la coexistencia sean principios rectores.
- La estrategia de los productos baratos y abundantes
China es consciente de la percepción global sobre la calidad de sus exportaciones[xxviii]. Durante las décadas de 1990 y 2000, inundó los mercados con bienes de bajo costo y vida útil limitada: textiles, juguetes, electrónicos básicos[xxix]. Esta política no fue un error[xxx], sino una estrategia deliberada para aprovechar el consumismo occidental, que priorizaba precio y accesibilidad sobre durabilidad[xxxi]. Al ofrecer exactamente lo que el mercado pedía, Pekín consolidó presencia y dependencia.
En paralelo, reservó sus esfuerzos de innovación para sectores estratégicos —telecomunicaciones, energías renovables, inteligencia artificial— donde hoy compite en la gama alta. Así, la dualidad se convirtió en virtud: primero conquistar el volumen, luego disputar la sofisticación. En la narrativa oficial, esta dinámica se presenta como “cooperación” y “ascenso pacífico”[xxxii], pero en la práctica fue un modo consciente de transformar la voracidad consumista de Occidente en palanca de poder estructural.
- El dolus bonus chino
En este sentido, la tradición pragmática china recuerda al dolus bonus romano: adornar la mercancía para conquistar al comprador. Estados Unidos creyó en la literalidad del discurso chino, mientras que Pekín lo utilizó como herramienta estratégica. No se trata de “mentir”, sino de jugar con la ambigüedad para maximizar ventaja. Como comerciantes natos, los chinos supieron transformar la lógica consumista occidental en el caballo de Troya de su ascenso.
VIII. Conclusión
El recorrido histórico confirma que el ascenso chino no fue un accidente, sino el resultado de una paradoja inscrita en la lógica del capitalismo global. Estados Unidos, convencido de haber ganado la Guerra Fría, abrió el mercado mundial y entregó con ello los instrumentos de su propia erosión. China, heredera crítica de la URSS y creadora de un capitalismo de Estado singular, supo transformar esa apertura en poder estructural.
Hoy, la disputa ya no se reduce a cifras comerciales o déficits acumulados: se trata de quién define las reglas del siglo XXI. El punto de no retorno obliga a pensar no en cómo revertir la situación, sino en cómo administrar una transición de hegemonía que ya está en marcha. Las propuestas occidentales de coexistencia competitiva o multipolaridad regulada no niegan la irreversibilidad del proceso: buscan apenas gestionar sus consecuencias.
Más que un desenlace inmediato, lo que se abre es un horizonte de conflicto prolongado, híbrido y multidimensional. La pregunta no es si Estados Unidos puede recuperar la supremacía perdida, sino cómo el mundo se reconfigurará en torno a esta nueva contradicción. El control chino sobre el mercado mundial no es un problema exclusivo de Washington, aunque allí hayan creado al monstruo: redefine el equilibrio de todos. La soga, al fin, no ahorca a un solo actor, sino que se tensa alrededor del destino compartido de la humanidad.
[i] Philip Gasper, The Communist Manifesto: A Road Map to History’s Most Important Political Document (Chicago: Haymarket Books, 2005), 45.
[ii] Lorenz Lüthi, The Sino-Soviet Split: Cold War in the Communist World (Princeton: Princeton University Press, 2008).
[iii] Deng Xiaoping, “Speech at the Closing Ceremony of the National Conference on Science” (Beijing, 1978).
[iv] Ezra Vogel, Deng Xiaoping and the Transformation of China (Cambridge: Harvard University Press, 2011).
[v] Banco Mundial, “China GDP Growth (Annual %), 1978–2000,” World Development Indicators.
[vi] John Williamson, “What Washington Means by Policy Reform,” en Latin American Adjustment: How Much Has Happened?, ed. John Williamson (Washington, DC: Institute for International Economics, 1990).
[vii] Joseph Stiglitz, Globalization and Its Discontents (New York: W.W. Norton, 2002).
[viii] U.S. Census Bureau, “Trade in Goods with China,” Historical Data, 1999.
[ix] William J. Clinton, “Remarks on Signing the U.S.-China Trade Agreement,” Washington, DC, 15 de noviembre de 1999.
[x] Organización Mundial del Comercio, “China and the WTO,” Informe de adhesión, diciembre de 2001.
[xi] WTO, International Trade Statistics 2015.
[xii] International Monetary Fund, “Direction of Trade Statistics: China Exports, 2001–2010.”
[xiii] U.S. Census Bureau, “Trade in Goods with China,” 2005–2010.
[xiv] Barry Naughton, The Chinese Economy: Adaptation and Growth (Cambridge: MIT Press, 2018).
[xv] People’s Bank of China, “China’s Foreign Exchange Reserves,” Annual Report, 2010.
[xvi] Autor, David, David Dorn y Gordon Hanson, “The China Syndrome: Local Labor Market Effects of Import Competition in the United States,” American Economic Review 103, no. 6 (2013): 2121–2168.
[xvii] Autor, Dorn y Hanson, “The China Shock: Learning from Labor-Market Adjustment to Large Changes in Trade,” Annual Review of Economics 8 (2016): 205–240.
[xviii] WTO, World Trade Report 2012.
[xix] U.S. Census Bureau, “Trade in Goods with China,” 2023.
[xx] Office of the United States Trade Representative, “Section 301 Tariff Actions and Huawei Restrictions,” 2018–2019.
[xxi] The White House, “Executive Order on Securing the Information and Communications Technology and Services Supply Chain,” 2021.
[xxii] Giovanni Arrighi, Adam Smith en Pekín: Orígenes y fundamentos del siglo XXI (Madrid: Akal, 2009).
[xxiii] Immanuel Wallerstein, El sistema mundial moderno (México: Siglo XXI Editores, varias ediciones).
[xxiv] Andrew Small, The China-US Trade War and Future Economic Conflict (London: Routledge, 2021).
[xxv] Xi Jinping, discurso en la ONU, 2015, sobre la “comunidad de destino compartido para la humanidad”.
[xxvi] Wang Hui, The Rise of Modern Chinese Thought, Harvard University Press, 2020 (originales desde 1997).
[xxvii] Zhao Tingyang, Tianxia: A Philosophy for Global Governance, Springer, 2021.
[xxviii] Yasheng Huang, Capitalism with Chinese Characteristics: Entrepreneurship and the State (Cambridge: Cambridge University Press, 2008).
[xxix] Business Insider, “China floods developing world with cheap goods to expand influence”, 2024.
[xxx] Estudios de consumo en Beijing, citados en Journal of Contemporary China, vol. 29, 2020, sobre percepción de calidad y prestigio internacional.
[xxxi] Infobae, “China enfrenta presión internacional por sobreproducción y exportaciones baratas”, 2025.
[xxxii] Zheng Bijian, “China’s ‘Peaceful Rise’ to Great-Power Status,” Foreign Affairs 84, no. 5 (2005): 18–24.

