I. Repensar el poder como condición universal humana
A lo largo de la historia, el poder ha sido definido de maneras muy distintas. Para Aristóteles[i], era la potencia orientada hacia un fin natural: todo ser tiende a realizar su telos. Hobbes[ii] lo concibió como la capacidad de imponer la voluntad propia sobre otros, fundamento del contrato social y del Estado soberano. Kant[iii] lo vinculó al deber racional, como condición para organizar la convivencia bajo principios universales. En el siglo XX, Foucault[iv] lo describió como una red inevitable que atraviesa todas las relaciones sociales, mientras Derrida[v] lo redujo a un juego interminable de significados y máscaras.
Cada una de estas visiones iluminó aspectos importantes de la noción de poder, pero también dejó problemas abiertos: la teleología aristotélica encierra al poder en fines rígidos; Hobbes lo confunde con dominación; Kant lo abstrae en un deber trascendental difícil de aplicar; y el posmodernismo lo disuelve en un nihilismo que niega toda legitimidad y termina frustrando toda aspiración de desarrollo humano colectivo.
Por eso considero que es necesario replantearnos el concepto. El poder no es en realidad un privilegio de unos pocos ni consiste en la mera imposición: es más bien una condición universal de todo individuo racional, siempre presente como capacidad de transformar su entorno. En el proceso de la interacción y la integración social, el poder individual del ser humano se colectiviza, de una manera u otra, dando origen a las distintas estructuras sociales humanas. La historia de la Humanidad podría entenderse, entonces, como la historia de la organización del poder colectivo.
El poder, en su forma más pura, es individual; pero su destino histórico es siempre colectivo. Para comprender cómo ese poder se organiza y se legitima, debemos ahora detenernos en la noción de autoridad.
II. El origen gregario de la organización social
Los seres humanos somos entes gregarios. Desde los primeros grupos de cazadores-recolectores hasta las sociedades complejas, hemos buscado vivir en comunidad. La organización social surge de la necesidad de coordinar esfuerzos, repartir tareas y garantizar la supervivencia del grupo.
En ese contexto, el poder individual se convierte en poder colectivo como una suma de voluntades que se reconocen mutuamente. Dado que esa acumulación necesita dirección, las comunidades han transferido históricamente parte de su poder a individuos con cualidades específicas, reales o supuestas: valentía, sabiduría, capacidad de mediación o carisma.
Si tomamos como ejemplo a Mesoamérica, veremos que los consejos tribales (autoridad colectiva) elegían a caciques (autoridad individual) según el contexto del momento. En tiempos de guerra, se privilegiaba al más hábil en combate; en tiempos de paz, al más sabio en deliberación.
La autoridad no es, o no debe de ser considerada, entonces, un atributo fijo, sino una forma de relación humana hacia una figura que cumple una función social reconocida por la comunidad: garantizar la supervivencia del grupo.
III. Comparación intercultural
Este patrón de cesión de poder y establecimiento de autoridad se repite en múltiples culturas:
- África tradicional: los clanes elegían jefes o ancianos consejeros cuya autoridad dependía de la capacidad de mediar conflictos y mantener la cohesión. La obediencia era voluntaria, sostenida por el respeto a la experiencia.
- Grecia clásica: en las polis, la autoridad se distribuía entre magistrados y asambleas. El poder colectivo se organizaba mediante el reconocimiento de reglas comunes y la elección de líderes temporales.
- Sociedades germánicas: los consejos de guerreros elegían caudillos en función de su capacidad militar. La autoridad era contextual y podía retirarse si el líder perdía prestigio.
- China antigua: la noción del “Mandato del Cielo” legitimaba a los emperadores, pero dependía de la obediencia del pueblo. Cuando las calamidades se interpretaban como pérdida del mandato, la autoridad se derrumbaba.
- Mundo islámico medieval: los califas y sultanes recibían obediencia en tanto garantizaban justicia y protección. La autoridad se sostenía en la sumisión voluntaria de la comunidad creyente.
En todas estas culturas, la autoridad surge como mecanismo de organización del poder colectivo. No es un atributo innato del líder, una expresión de su poder, sino el resultado del reconocimiento de los sometidos. Podemos observar, también, que la autoridad legítima debe mantener su vínculo con la noción de supervivencia colectiva que es, al final de cuentas, el motivo de su existencia.
IV. De la autoridad contextual a la institucionalización del poder
Habiendo aclarado que la autoridad no depende del poder intrínseco del líder, sino de la obediencia voluntaria de los sometidos, podemos decir que en todo proceso de organización social existe un contrato expreso o tácito en el que los individuos de un grupo deciden ceder parte de su poder a otro(s) y reconocer(les) como autoridad. Hannah Arendt[vi] lo definió con precisión: “La autoridad implica una obediencia en la que los hombres conservan su libertad” (Entre el pasado y el futuro, 1961). Se obedece porque se reconoce, no porque se tema. Max Weber, por su parte, distinguía entre autoridad tradicional, carismática y legal-racional (Economía y sociedad, 1922). Todas ellas comparten un mismo fundamento: la creencia en la validez del orden.
Como hemos visto, en las comunidades originarias de diversas culturas, esta cesión era contextual y flexible: se reconocía al más sabio en tiempos de paz, al más valiente en tiempos de guerra, al más justo en tiempos de conflicto. La autoridad existía para cumplir una función social, no era atributo fijo. Sin embargo, con el paso del tiempo, esta dinámica se institucionalizó y surgieron las élites. Lo que había sido reconocimiento voluntario se transformó en estructuras rígidas: monarquías hereditarias, burocracias estatales, sistemas legales impersonales. La autoridad dejó de ser un mecanismo de supervivencia colectiva y se convirtió en un privilegio permanente.
Y es aquí donde surge también la crítica al poder: no es contra su noción original —condición universal para sobrevivir—, sino contra su desviación. El poder se desvirtúa cuando quienes fueron reconocidos como autoridades aprovechan esa posición para perpetuarse, acumular privilegios y desligarse de la función vital que les dio legitimidad. La institucionalización fija lo que antes era dinámico, y abre la puerta a que individuos bastante mediocres se conviertan en figuras históricas poderosas gracias a la obediencia masiva. Como escribió Ian Kershaw[vii] sobre Hitler: “sin la aquiescencia de millones, Hitler habría sido un político marginal” (Hubris, 1998). El monstruo no nace solo de la voluntad del individuo apoderado, sino de la energía social cedida.
Otro ejemplo históricamente reciente ilustra esta lógica: la disolución de la Unión Soviética[viii]. En 1991 la mayoría de la población soviética no deseaba la desaparición del Estado que garantizaba su supervivencia colectiva; sin embargo, las élites del momento encontraron más rentable desmantelarlo, apropiándose de recursos y poder en beneficio propio. La institucionalización del poder, desligada de su función original, permitió que una decisión contraria a la voluntad popular se impusiera como hecho histórico.
En suma, lo que se critica del poder no es su raíz —la capacidad humana de organizarse para sobrevivir—, sino su desviación: la transformación de la autoridad en privilegio fijo y la manipulación de la obediencia colectiva por parte de élites que olvidan el motivo de su existencia. Pero la crítica al poder no puede quedarse en las élites: también debe incluir a los pueblos que obedecen sin criterio. La autoridad ilegítima se alimenta de la obediencia acrítica, y por eso la responsabilidad histórica por el fracaso social humano es compartida:
- En Alemania, el discurso hitleriano acerca del espacio vital sedujo a la población porque apelaba a la necesidad de sobrevivir, pero la obediencia acrítica permitió que esa narrativa se transformara en expansión y exterminio.
- En la URSS, la población no quería la disolución, pero tampoco ejerció resistencia suficiente frente a las élites que decidieron desmantelar el sistema. La obediencia pasiva facilitó el colapso.
V. La evolución de las sociedades humanas (dialéctica hegeliana, marxismo y red foucaltiana)
La tradición hegeliana entendía la historia como un proceso dialéctico: tesis y antítesis que se enfrentan hasta producir una síntesis superior. Sin embargo, conviene matizar esta lectura: en Hegel los opuestos no son enemigos absolutos, sino momentos complementarios que se necesitan para realizar la libertad. Individuo y comunidad, por ejemplo, no son contrarios, sino dimensiones que se reconocen mutuamente en el Estado, concebido por Hegel como “la realidad de la idea ética”.
La lectura marxista de Hegel radicalizó esta lógica y convirtió la dialéctica en una lucha de contrarios irreconciliables: burguesía contra proletariado, capital contra trabajo. La historia pasó a interpretarse como guerra de clases, donde un polo debía destruir al otro. De ahí deriva la confusión contemporánea que reduce la política al enfrentamiento de izquierdas contra derechas, comunistas contra capitalistas, como si fueran bloques en pugna y la existencia de uno dependiera de la extinción del otro.
Michel Foucault, por su parte, desplazó la mirada: el poder no es una cosa que se posee, sino una red de relaciones que atraviesa todos los ámbitos de la vida social. Por eso afirmaba que “donde hay poder, hay resistencia”. La resistencia no es externa, sino parte constitutiva del poder, revelando sus límites y posibilidades. En otro momento subrayó que no podemos imaginar un espacio fuera del poder: “Aquí estamos, siempre con la misma incapacidad para franquear la línea, para pasar del otro lado”. No existe un “afuera” puro; toda práctica social está atravesada por relaciones de poder. El poder foucaultiano es productivo y relacional, y la resistencia es inseparable de él.
Foucault acertó al mostrar que el poder no tiene un “afuera” y que la resistencia es parte de él, pero dejó incompleta la explicación de cómo se forman las redes. Complementando la visión foucaltiana podemos decir que:
- El poder circula en relaciones sociales, pero esas relaciones se construyen bajo la noción de autoridad, entendida como la cesión parcial de un poder individual.
- El poder colectivo no es un misterio: es la acumulación de poderes individuales canalizados por la autoridad.
- La red de poder existe, pero se organiza porque los individuos deciden obedecer.
Así, toda estructura social humana, y la misma historia de la Humanidad, puede leerse como procesos de distribución y redistribución de obediencia y como organización y reorganización de la autoridad. Los procesos revolucionarios no destruyen el poder, sino que retiran la obediencia a ciertas autoridades y la transfieren a otras. Todo régimen político se sostiene mientras los pueblos obedecen; caen cuando esa obediencia se quiebra. En la economía, las empresas prosperan mientras los consumidores reconocen su autoridad; fracasan cuando les retiran la confianza. En la vida cotidiana las relaciones tóxicas o abusivas terminan cuando los individuos (víctimas) deciden no someterse más.
La evolución de las sociedades humanas no se explica como producto de una permanente lucha de contrarios, sino como una redistribución de obediencia y reorganización de la autoridad. En el fondo, el debate político no se trata de izquierdas contra derechas ni de comunistas contra capitalistas: se trata de cómo los pueblos deciden obedecer y a quién, y de si esa obediencia sostiene un ideal colectivo de supervivencia o se desvía hacia la satisfacción de privilegios y ambiciones particulares.
VI. El problema del individualismo moderno
El poder, como hemos visto, es condición universal del individuo y se multiplica cuando se organiza colectivamente. Sin embargo, en la modernidad el excesivo individualismo ha erosionado la fuente de poder colectivo. Cada persona conserva su capacidad de decidir y actuar, pero al no canalizarla hacia un proyecto común, el poder se atomiza y pierde fuerza. La autoridad, que depende de la obediencia y el reconocimiento, se debilita cuando los individuos se niegan a ceder parte de su poder. El resultado es paradójico: sociedades más numerosas y con más recursos parecen menos capaces de organizarse que comunidades antiguas más cohesionadas.
Históricamente, los pueblos tribales o comunales lograban equilibrar poder y autoridad porque la obediencia estaba distribuida y reconocida en consejos colectivos. Los caciques mesoamericanos, los ancianos africanos o los caudillos germánicos eran elegidos según el contexto, y su autoridad dependía de la voluntad de la comunidad. En cambio, las sociedades modernas, fragmentadas por el individualismo, dejan el campo libre para que minorías organizadas canalicen la obediencia y se conviertan en autoridades desproporcionadas.
Ejemplos abundan: partidos políticos pequeños que logran dirigir a masas desorganizadas y desestabilizan la coexistencia pacífica; corporaciones que concentran poder económico porque los consumidores actúan de manera aislada; o líderes digitales que acumulan millones de seguidores mientras cada individuo cree ejercer su libertad en solitario. En todos los casos, el poder colectivo se debilita porque la mayoría dispersa no logra articular su obediencia.
En última instancia, el problema no es el poder y ni siquiera las personas que lo ejercen, sino la obediencia pasiva: la falta de participación consciente y voluntaria en los procesos sociales, que legitima los abusos de grupos organizados. La tarea histórica sería, entonces, superar el individualismo atomizante y cultivar una obediencia activa, consciente, disciplinada y gregaria, que mantenga el poder al servicio de la supervivencia colectiva.
Así planteado, podemos distinguir con precisión dos formas de obediencia: la pasiva, que se ejerce sin conciencia crítica y legitima abusos de poder por inercia o miedo; y la activa, que se otorga de manera consciente, disciplinada y gregaria. Conviene también precisar que la obediencia activa no es en sí misma garantía de legitimidad en un sentido positivo o beneficioso: los fanatismos y sectarismos ejercen una obediencia consciente y disciplinada, pero orientada hacia fines destructivos. Por ello, la tarea histórica no es solo cultivar obediencia activa, sino asegurar que esta se encauce hacia la supervivencia, la dignidad humana y la justicia colectivas. La obediencia activa legítima es aquella que reconoce autoridades en función de su servicio al bien común, y se retira cuando estas se desvían hacia privilegios o abusos. Esta distinción es fundamental para comprender cómo las sociedades sostienen o erosionan la autoridad, y prepara el terreno para pensar y desarrollar una deontología del poder.
VII. El poder como energía vital: hacia una deontología del poder
El poder y la autoridad son elementos complementarios de la organización social. El poder es condición universal del individuo; el poder colectivo surge de la acumulación de poderes individuales; la autoridad organiza esa acumulación mediante el reconocimiento y la obediencia, lo que conocemos como legitimidad. En última instancia, la fuente de ambos reside en los sometidos: sin obediencia, el poder permanece latente, como energía sin cauce.
El poder puede también entenderse como energía vital: no se crea ni se destruye, se canaliza y se ejerce. Cada individuo porta una cuota de esa energía, que puede dispersarse o concentrarse en estructuras colectivas sólidas. La autoridad es el cauce que organiza esa energía, transformando la potencia individual en acción común. Cuando la obediencia se retira, el poder no desaparece: se fragmenta y se vuelve caótico, como los ‘ronin’ que vagaban sin señor en el Japón feudal. El problema contemporáneo es que el individualismo excesivo erosiona la fuente de poder colectivo: la mayoría no carece de poder frente a las élites, carece de cohesión.
Mientras la mayoría se dispersa en su autonomía, las minorías organizadas logran canalizar la obediencia y convertirse en autoridades desproporcionadas. Esta paradoja explica la accidentada evolución de las sociedades humanas: no es que falle el poder, sino que la energía vital se distribuye mal, generando desequilibrios que han engendrado monstruos históricos.
El poder es como la corriente de un río: puede estancarse en pantanos o encauzarse para sostener la vida. Ese río no es otra cosa que la energía vital de la humanidad, que debemos aprender a guiar hacia la dignidad y la supervivencia. Como subrayó Jürgen Habermas[ix], la legitimidad política solo puede fundarse en procesos de comunicación racional y participación democrática. Esta perspectiva refuerza la idea de que el poder requiere cauces normativos que lo orienten hacia fines colectivos.
La tarea no es demonizar el poder, para luchar contra él, sino reaprender a organizarlo colectivamente, construir y respetar sus límites, reconociendo que nuestra condición gregaria es la única garantía de supervivencia. Hoy debemos seguir transfiriendo poder a quienes parecen más aptos para guiar al grupo, pero con conciencia crítica, para que esa energía vital no se desvíe hacia privilegios elitistas, sino que sostenga el ideal común de la supervivencia y la dignidad humanas. Al decir de Paul Ricoeur[x]: la vida buena solo puede realizarse con y para los otros, en instituciones justas (Lo justo, 1992), recordándonos que el poder encuentra su legitimidad cuando se orienta hacia la justicia compartida.
En definitiva, el poder no es un privilegio ni una maldición, sino la energía vital que cada ser humano porta y que, al organizarse colectivamente, se convierte en la fuerza que sostiene la historia. La responsabilidad histórica de cada individuo es abandonar la obediencia pasiva y ejercer una participación consciente que legitime autoridades al servicio de la vida compartida.
[i] El término “poder” no aparece en su obra con el sentido político moderno. Aristóteles distingue entre dynamis (potencia) y energeia (acto), vinculados a la realización del telos de cada ser. La extrapolación al concepto de poder es una interpretación contemporánea.
[ii] En Leviatán (cap. X), Hobbes define poder como “los medios presentes para obtener un bien futuro”. La reducción a “imposición de voluntad” es válida en el plano político, pero su definición original es más amplia y abarca recursos, capacidades y ventajas.
[iii] Kant no desarrolla una teoría explícita del poder. Su reflexión se centra en la ley moral y el derecho. El poder político aparece en su filosofía del derecho como “autoridad legítima” derivada de la razón práctica. La vinculación al deber racional es una lectura derivada.
[iv] Para Foucault, el poder no es una cosa que se posee, sino una relación productiva que atraviesa todas las prácticas sociales. Su célebre afirmación “donde hay poder, hay resistencia” implica que la resistencia es constitutiva del poder, no externa a él.
[v] Derrida no ofrece una teoría sistemática del poder político. Su enfoque deconstructivo se centra en la différance y en la inestabilidad del significado. La lectura del poder como “juego de máscaras” es una extrapolación posmoderna, más que una definición literal.
[vi] En Entre el pasado y el futuro (1961), Arendt define la autoridad como una obediencia en la que los hombres conservan su libertad. Para ella, la autoridad legítima no se sostiene en la violencia ni en la persuasión, sino en el reconocimiento libre de quienes obedecen.
[vii] El historiador británico señala que “sin la aquiescencia de millones, Hitler habría sido un político marginal” (Hitler: Hubris, 1998). La cita subraya que el poder absoluto que llegó a alcanzar el Führer dependió de la obediencia masiva, no solo de su voluntad individual. Esto no desdice el hecho de que Hitler ya era un político influyente cuando accedió al poder en 1933; la observación de Kershaw enfatiza que su liderazgo se consolidó gracias a la legitimación social.
[viii] En el referéndum de marzo de 1991, alrededor del 76% de los votantes apoyó mantener la Unión Soviética. Sin embargo, la crisis económica, las tensiones nacionalistas y las decisiones de las élites regionales precipitaron la disolución. La obediencia pasiva de la población facilitó que una decisión contraria a la mayoría se impusiera, aunque no fue el único factor en el colapso.
[ix] Jürgen Habermas, Theorie des kommunikativen Handelns, Suhrkamp, 1981.
[x] Paul Ricoeur, Lo justo I (1992): “La vida buena, con y para los otros, en instituciones justas.” Ricoeur entiende el poder como capacidad de actuar juntos, cuya legitimidad depende de que las instituciones encaucen esa energía hacia la justicia y el reconocimiento mutuo.

